Mi romance con la corrida empezó tarde en mi vida. No vengo de una familia deportista. Lo más cercano que había estado del deporte, fue en mi graduación de secundaria que fue en el gimnasio del colegio. Era una de esas niñas flacas y desgarbadas que le tenían terror a los balones de basquet, me imaginaba desmayada a mitad de la cancha víctima de un pelotazo. Sigue leyendo